martes, 6 de abril de 2010

La oposición, en su encrucijada


“A nosotros no nos une el amor, capaz que nos une el espanto, señor presidente”. Palabras más, palabras menos, esa fue la frase esgrimida por el Presidente de bloque del Frente Nuevo de la Provincia de Córdoba, el senador Luis Juez, en una sesión de la Cámara Alta que debatía la aprobación del pliego de la designación de Mercedes Marcó del Pont al frente del BCRA. Amén de las bravuconadas y humoradas que caracterizan a Juez, su frase pinta de relieve una realidad inexpugnable: el cada vez mayor grado de fragmentación de la oposición política en la Argentina. Entender las causas de esta situación requiere de un análisis profundo que remite no solo a desentendimientos y diferencias sustanciales respecto a la cosmovisión de importantes ejes temáticos, sino también a miserias y personalismos por parte de los principales dirigentes de aquellos partidos que integran la oposición, y que han sido el caldo de cultivo para que el oficialismo siga teniendo vía libre en numerosas situaciones.
Una primera aproximación a la cuestión nos lleva a echar los ojos sobre el desfasaje existente en el segundo cargo en jerarquía de la República. En efecto, cuesta explicar a propios y ajenos cómo el Vicepresidente de la Argentina es el principal líder del arco opositor, en una suerte de paradoja institucional que se remonta al voto “no positivo” de Julio Cobos en el marco del conflicto del Ejecutivo con el campo -y que catapultó al ex gobernador mendocino a la carrera por el sillón presidencial. Como agregado puede mencionarse al pasar que la aceptación de la candidatura a la vicepresidencia le había valido al mencionado dirigente la expulsión del Partido Radical, aunque la popularidad adquirida después del conflicto convenció incluso a los más duros dentro del centenario partido de la conveniencia de reincorporarlo a sus filas y presentarlo en sociedad como su carta grande de cara al 2011.
Una vez aclarada la particularidad institucional del párrafo precedente, podemos plantear la existencia de tres o cuatro grandes vertientes dentro de la denominada oposición en la Argentina. La primera de ellas, que numerosos analistas denominan panradicalismo, estaría constituida por el propio partido Radical, la Coalición Cívica y el Partido Socialista. Es difícil catalogar ideológicamente al mencionado conglomerado, pues conviven dentro de él expresiones progresistas como el PS y el GEN de Margarita Stolbizer, pero también tendencias que es posible ubicar a la derecha del centro, como las representadas por Oscar Aguad de la UCR o Enrique Olivera y Patricia Bullrich, de la Coalición Cívica. Sin embargo podríamos graficarlo en términos ideológicos como un péndulo que se mueve en torno al centro. Luego de la experiencia del Acuerdo Cívico y Social, nombre del frente con que concurrieron las antedichas agrupaciones a las elecciones de 2009, se han visto mayores líneas de ruptura que de continuidad, y de hecho algunas declaraciones de los líderes de los partidos miembros hacen pensar más en el fin del frente que en un revival para 2011. La cuestión Cobos parece aquí vital para la suerte de un entendimiento; en este sentido, la titular de la Coalición Cívica, Elisa Carrió, afirmó categóricamente la imposibilidad de compartir el mismo espacio político que el Vicepresidente, al tiempo que algunos grupos dentro de la UCR todavía resisten la vuelta del mendocino. Rubén Giustiniani, presidente en el orden nacional del PS, también ha sido claro a la hora de referirse a las posibilidades de continuidad del Acuerdo, planteando que la condición sine qua non para ello es la discusión de un programa común. En definitiva, podemos establecer que la construcción del mentado frente, si es que la hay, se asienta más sobre los porcentajes de imagen positiva y de intención de voto de sus principales dirigentes –por cierto bastante bajos- que por el debate programático.
Una segunda vertiente, cuyo anclaje ideológico podemos situar sin rodeos a la derecha del centro, la constituye el espacio político del Jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri –PRO- y el de su socio en la Provincia de Buenos Aires, Francisco de Narváez. Con un discurso tecnocrático, asociado a la eficiencia en la asignación de recursos y del gasto presupuestario, y con la bandera de la seguridad como principal caballo de batalla, ambos dirigentes buscan darle a su representación local –circunscripta a la Ciudad de Buenos Aires en el caso de Macri y a la Provincia de Buenos Aires en el caso de De Narváez- una proyección nacional que les permita formar parte de la contienda presidencial el año próximo. Dos cuestiones en relación a esta sociedad política son insoslayables: en primer lugar, las fricciones producto del coqueteo de De Narváez con su posibilidad de competirle a Macri la primera magistratura Si bien el ex dueño de Casa Tía cuenta con mínimas posibilidades por incompatibilidad constitucional – al ser extranjero no podría ejercer el cargo de Presidente- en el entorno cercano a Macri consideran que “el colorado” rompió un acuerdo que le otorgaba al ex presidente de Boca la candidatura presidencial y a él, el camino hacia La Plata. El segundo aspecto a tener en cuenta está asociado a los rotundos fracasos obtenidos por el PRO fuera de la Ciudad de Buenos Aires. En efecto, los magros resultados ponen a Macri en la disyuntiva de seguir apostando a su fuerza en el interior del país o establecer acuerdos con los caudillos del peronismo provincial no alineados con el kirchnerismo, que le den la estructura y los votos necesarios para contar con chances presidenciales el año próximo. Pequeña decisión para Macri, teniendo en cuenta que presentaba al PRO como lo nuevo en política.
Una tercera pata de la oposición la constituye un núcleo de gobernadores, legisladores y dirigentes peronistas en abierta oposición al kirchnerismo. Se engloban dentro de los denominados Peronismo disidente y Peronismo Federal, y representan los vestigios del duhaldismo, del menemismo y de otras tendencias internas del PJ, fundamentalmente asociadas a caudillos del interior de nuestro país, que mantienen un fuerte rechazo al modelo K. Entre ellos podemos mencionar a Felipe Solá, Adolfo y Alberto Rodriguez Saá, Mario Das Neves y el mismo Francisco de Narváez –que pese a su sociedad con Macri no deja de “jugar políticamente” con este sector. Aquí también podemos vislumbrar un bloque conservador desde el punto de vista ideológico, y un poder anclado en las provincias pero que no ha tenido un correlato en la proyección de una figura nacional.
Finalmente podemos advertir una última vertiente dentro de la oposición, identificada con una izquierda moderada, que alberga numerosas agrupaciones progresistas -algunas de ellas con un paso previo por el kirchnerismo- también circunscriptas la mayoría de ellas al ámbito metropolitano: Proyecto Sur, de Pino Solanas y Claudio Lozano, el SI de Eduardo Macalusse, el Nuevo Encuentro del ex intendente de Morón, Martín Sabbatella, y otros grupos menores, que alternan un apoyo crítico con una oposición
tenaz, dependiendo de la temática que se trate en el Parlamento.

Una vez identificadas las patas de la oposición política en la Argentina, es necesario adentrarse en un terreno de mayor complejidad, pues los clivajes que caracterizan las tensiones oficialismo-oposición en la mayoría de las democracias occidentales no se ajustan a la realidad de nuestro país. El efecto inmediato de ello es una “macedonia política” en donde conviven bloques parlamentarios ideológicamente débiles, de escasa duración temporal, que amenazan con eclosionar ante la discusión de leyes que no deberían suscitar mayores inconvenientes con partidos políticos de cierta coherencia y fortaleza. Primera conclusión: la fragmentación y dispersión política de la oposición se entiende mejor teniendo en cuenta la crisis que acarrean los partidos políticos desde el año 2001, con organizaciones endebles que se sostienen más por la popularidad de sus líderes que por programas coherentes y dirigentes orgánicos a las decisiones partidarias. Y si bien no es un fenómeno típico del siglo en que vivimos, valga rescatar como ejemplo la exacerbación de los “ismos” –kirchnerismo, macrismo, y tantísimos otros- en detrimento de la identificación partidaria. Basta con salir a la calle y preguntarle a la gente cuál es el nombre de los partidos de Elisa Carrió, Francisco de Narváez o Pino Solanas para comprobar la afirmación precedente: asistimos, en definitiva, a una personalización de la política.
Una inferencia lógica de lo anterior sería que la posibilidad de arribar a acuerdos programáticos o diseñar una agenda alternativa a la del Gobierno por parte de la oposición, estaría supeditada a las egolatrías, potenciales posicionamientos y conveniencias personales de los líderes en cuestión.
Un segundo aspecto, enunciado sucintamente más arriba, es que la heterogeneidad ideológica del conjunto oposición lleva a situaciones en las que alguna de las patas – casi siempre la de centro-izquierda- se encuentre más cerca de las posiciones oficiales que las del resto de la oposición.
De este modo llegamos a un cuadro de situación sumamente curioso en donde, pese a tener la mayoría parlamentaria, la oposición no lograr quebrar los designios del oficialismo. Este, conciente de ello, trata por todos los medios de otorgar concesiones a aquellos bloques afines ideológicamente de modo tal de obtener su venia en las votaciones claves.
La encrucijada de la oposición, así las cosas, se vuelve patente: o se empeña en una unidad ficticia, sobre la base de acuerdos dirigenciales que prioricen la discusión de tres o cuatro grandes lineamientos para nuestro país y puedan parir la candidatura presidencial de algún dirigente que represente aspectos tales como la concordia y el consenso o, lejos de ello, reconozca la imposibilidad de avanzar en la tan mentada unidad –habida cuenta de las insalvables diferencias que existen en su interior- y se encamine hacia la consecución de frentes consistentes desde lo programático e ideológico: uno a la izquierda y el otro a la derecha del oficialismo.

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