miércoles, 7 de abril de 2010

Cuando reformar no es suficiente


Septiembre de 2008. Lehman Brothers, una de las bancas de inversión más grandes de todo el mundo, se declara en quiebra Los gurúes de la economía dan cuenta de la mayor crisis financiera desde el derrumbe de Wall Street en 1929, producto de las pérdidas generadas por la posesión de numerosos bancos de bonos garantizados con créditos hipotecarios de baja calidad - lo que se ha denominado en el mundo financiero, la crisis subprime. Una catarata de nuevos términos como burbuja inmobiliaria, crisis de liquidez o pánico bursátil llenan las páginas de todos los diarios del mundo. La Reserva Federal de los Estados Unidos y el Banco Central Europeo salen al rescate de los bancos en cuestión, inyectando una suma de dinero cercana a los ochocientos mil millones de dólares. Los augurios de Marx y Engels parecen hacerse realidad; con algo más de 100 años de demora, el capitalismo parece firmar su acta de defunción.
Fines de marzo de 2009. El G20, grupo constitutivo de las mayores potencias del mundo y de países en vías de desarrollo, reúne a sus líderes en Londres para buscarle una salida a la crisis financiera. Se decide inyectar una suma de dinero superior al producto bruto nacional de cualquier economía desarrollada excepto, claro está, al de las mayores potencias -1,1 billones de dólares- y la creación de una superagencia con poderes ampliados para, en cooperación con el FMI, alertar de los riesgos macroeconómicos y financieros y tomar las acciones necesarias para actuar contra ellos. En definitiva, el comunicado final del encuentro reconoce que "los fallos esenciales en el sector financiero y en la regulación financiera fueron las causas fundamentales de la crisis" y afirma que la confianza no será restaurada hasta que no reconstruyamos la confianza en el sistema financiero"1 . Además, el FMI y el Banco Mundial serán "reformados" y reforzados. La cláusula bernsteniana según la cual el capitalismo tiende a transformarse en aras de no desaparecer parecía tumbar las ilusiones de la izquierda revolucionaria: vuelta de rosca mediante, el orden global no tenía en mente discutir en profundidad el status quo capitalista.
Fines de 2009, inicios de 2010. Estallan las primeras revueltas sociales en Grecia producto del paquete de ajuste implementado por el gobierno heleno, que prevé la reducción de su déficit en más de diez puntos de aquí a 2012, y que recorta el presupuesto estatal en más de un diez por ciento, afectando principalmente a los salarios. España, por su parte, bate récords de pobreza y desempleo en la eurozona, con casi diez millones de compatriotas que se encuentran sumidos en tal condición, y una tasa de paro para los jóvenes de entre 18 y 25 años que trepa a casi el 45%. Aquí y allá se multiplican negativamente los índices macroeconómicos más relevantes, al tiempo que las otrora quebradas bancas de inversión y los fondos de especulación vuelven al centro de la escena como si nada hubiese sucedido. Y es que, a costa de las billonarias ayudas estatales, las finanzas han logrado salirse con la suya y trasladar lo que era una crisis privada al sector público. Como explica el economista Fréderic Lordon, “resulta evidente que los bancos no tienen ningún escrúpulo, una vez restablecida su salud, en especular ahora contra los Estados que los salvaron del precipicio, con lo cual hacen subir el costo de los préstamos públicos y agravan así el problema de los déficits…que ellos mismos originaron”2 . El tiro del final a quienes creían en un nuevo orden poscapitalista queda consumado: ajenas a cualquier tipo de vergüenza, las finanzas encabezan con un renovado énfasis su ofensiva en la economía global.
A la sazón podría preguntarse si la culpa es del chancho o quien le da de comer. Si de unas finanzas deshumanizadas y crueles cuyo único objeto es la potenciación de sus ganancias, o de un sistema político internacional, encabezada por los Estados más poderosos, que termina avalando los abusos y perjuicios generados por el sistema financiero. Que después de concurrir al salvataje bancario, por sumas astronómicas que podrían solucionar con creces temas tanto más delicados como el hambre, la pobreza o las muertes por causas evitables, permanecen impasibles ante tamaña impunidad especulativa.
Lo cierto es que desde hace más de 30 años la economía mundial se rige bajo los designios del capital financiero en detrimento del capital productivo. Sin entrar aquí en valoraciones subjetivas acerca de la conveniencia o no del capitalismo como sistema de producción económico y social, sí es relevante marcar aquí lo extemporáneo de aquella hegemonía financiera. Porque lo que Marx vislumbró hace 150 años en el seno de la producción capitalista, aquello que llamó plusvalía, se da bajo la hegemonía financiera con un nuevo rodeo: plusvalía de la plusvalía, valga decir.
Así las cosas, resulta indispensable señalar que de nada valen las modificaciones a las instituciones financieras y las soluciones de coyuntura de no existir reglas de juego claras. Lo cual significa reglas de juego impuestas por los Estados y no por las finanzas, o sea, la vuelta de la economía a la órbita de la política. De lo contrario, no solo deberemos lidiar con un sistema cada vez más injusto, sino con estallidos y revueltas sociales que pongan un límite a lo que la política no puede o no quiere hacer: someter el poder de las finanzas. En este sentido, créase o no, hasta el mismísimo FMI -el que hace algo más de una década recetaba el ajuste estructural como la política económica más eficaz a los efectos del desarrollo, el que propugnó el neoliberalismo a lo largo y ancho de la tierra- advirtió hace algunas semanas que si no se reforma el sistema financiero habrá revuelta social.
Nosotros avanzaremos un poco más que el FMI, planteando la necesidad de repensar la relación entre economía y política y de crear las condiciones para un mundo más justo, equilibrado y solidario.


1 Diario El País, 02/04/2010
2 Fréderic Lordon; "La revancha neoliberal"; Le monde diplomatique 03/2010

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