
En lo que muchos analistas y el propio Barack Obama han dado a conocer como un hecho histórico, teniendo en cuenta el número de primeros mandatarios reunidos en suelo norteamericano para debatir un tema que hasta hace no muchos años era casi exclusividad de las grandes potencias, quedó oficialmente inaugurada en el día de ayer la Cumbre sobre Seguridad Nuclear. En ella, los líderes de 47 países de todo el globo intentarán arribar a los consensos necesarios para definir de qué modo combatir lo que el gigante del Norte supone la principal amenaza que se cierne sobre el planeta: que organizaciones terroristas tengan potencial acceso a armas nucleares, con los costes y consecuencias que ello implicaría para la humanidad. Si bien los principales temores se centran en un hipotético accionar de la red terrorista Al-Qaeda, ha quedado demostrado que uno de los objetivos primordiales de los Estados Unidos es obtener el respaldo necesario de aquellos países que, como China, todavía no han otorgado el apoyo en los organismos de seguridad de Naciones Unidas –el Consejo de Seguridad, primordialmente- para implementar medidas más severas contra Irán y Corea del Norte, en vistas de la carrera nuclear que vienen llevando adelante.
La citada cumbre se inscribe, asimismo, en un momento en el cual los dos más grandes portadores de armas nucleares, Estados Unidos y Rusia, han firmado en Praga un tratado por el cual se comprometen a reducir casi el treinta por ciento de su arsenal nuclear en los próximos siete años. Además, la administración Obama ha logrado su primer éxito al obtener el compromiso de Chile y Canadá en enviar el uranio enriquecido a esas tierras, en tanto que Ucrania ha hecho lo propio, manifestando su intención de enviarlo a Moscú.
Pero es importante señalar, por otra parte, que los pasos seguidos por Washington en materia de armamentos nucleares se engloban en una nueva estrategia que propone consolidar la frontera entre el uso de fuerzas convencionales y la escalada nuclear, difuminada por el presidente Bush al contemplar la posibilidad de una respuesta atómica a ataques de otra naturaleza, como los químicos y los biológicos. “Mientras ha estado vigente, la doctrina ahora revisada no ha aumentado la disuasión, sino la proliferación, al mismo tiempo que ha deteriorado los instrumentos que, como el Tratado de no Proliferación, siguen siendo imprescindibles para acotar primero, y reducir después, un riesgo que se ignoró tras la guerra fría y que el programa nuclear iraní ha vuelto a situar en el primer plano” .
Lo cierto es que, más allá de las intenciones norteamericanas, renombrados líderes mundiales como el Presidente francés, Nicolás Sarkozy o el premier israelí Benjamín Netanyahu no solo han declarado su rechazo a reducir su armamento en aras de la defensa de sus conciudadanos sino que, en el segundo caso, directamente se ha negado a participar de la Cumbre. Sumado a ello, la declaración final, que será aprobada hoy, no obliga a medidas específicas y tiene más valor simbólico que práctico; con lo cual podríamos decir que la Cumbre no es más que una misiva de buenas intenciones de un grupo de líderes mundiales preocupados por el terrorismo atómico.
Paralelamente a ello surgen interrogantes referidos a los dueños del control –Estados Unidos- y a las garantías que el planeta tiene bajo su égida. Porque, quién es capaz de aseverar que Estados Unidos no seguirá enriqueciendo uranio y fabricando armas nucleares? En una suerte de “muerto que se ríe del degollado”, los países considerados en el eje del mal –Irán, Corea del Norte, Venezuela- deben ceder ante las presiones de los creadores mismo de Hiroshima y Nagasaki. Pero, quién puede dar fe entonces de que este armisticio y esta pax nuclear que propone Washington no irá a revertirse cuando lo ameriten circunstancias adversas?. Otros temas como la proliferación de bases militares norteamericanas en los cinco continentes, la reactivación de la cuarta flota en Sudamérica y el Caribe o la política israelí en los territorios palestinos deberían despertar los mismos resquemores que el terrorismo global.
Sin ser una estrategia desacertada debemos concluir que, amén del desarme propuesto por Obama, solo el fortalecimiento del Consejo de Seguridad de la ONU y la aceptación de sus dictámenes en todos los casos, es garantía -y solo a medias- de una agenda de seguridad internacional imparcial, ajena a los intereses concretos de los Estados Unidos o la potencia que sea. De otro modo, seguiremos atando la agenda de seguridad global a las necesidades de política exterior norteamericana.
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