
Empate, victoria o derrota. Tres resultados posibles para tres interpretaciones distintas de un mismo fallo. Sea cual fuere la postura, lo cierto es que la Corte de Justicia Internacional de la Haya falló a favor de la continuidad de la pastera de capitales finlandeses Botnia, en las márgenes del Río Uruguay. Luego de un litigio de más de siete años, la decisión final e inapelable del máximo órgano de Justicia planetaria determinó que, si bien el Gobierno uruguayo había violado el Tratado del Río Uruguay por no consultar con su par argentino la instalación de la pastera en cuestión, nuestro país no presentó elementos concluyentes que demostraran la existencia de contaminación del río, por lo cual “no hay motivos para ordenar el cese ni corresponde el desmantelamiento de la pastera”, como exigía Buenos Aires. El fallo alertó, además, que la Corte no constituía el ámbito de aplicación de las demandas que formuló Buenos Aires contra Uruguay por la presunta contaminación sonora y visual, los malos olores y el impacto de la papelera sobre el turismo.
Una vez conocido el fallo, los delegados de la misión argentina intentaron convertir la decisión de la Haya en un triunfo diplomático para nuestro país. En este sentido, la consejera legal de la Cancillería Argentina, Susana Ruiz Cerruti, se mostró satisfecha al plantear que "la Corte dijo que Uruguay no cumplió un tratado que nos rige desde 1975 (…) lo cual es de enorme importancia para nosotros”. En igual sintonía se expresó la Presidenta Cristina Fernández quien, desde Caracas por motivo del bicentenario venezolano, esbozó que “el fallo recepta el pedido que había hecho la Argentina de que no se había respetado el Tratado del Río Uruguay. Lo más importante es que, a futuro, no podrá hacerse nada sin consulta”
Desde la oposición, por su parte, la titular de la Coalición Cívica, Elisa Carrió, no dudó en afirmar que “la derrota de la Argentina es enorme”. Sin embargo, primó en todo el arco político la postura de aceptar y someterse a los alcances del fallo.
La interpretación mayoritaria, sin embargo -la de la mayoría de los analistas internacionales-, veía en el dictamen un fallo salomónico que, si bien le daba a nuestro país la derecha en términos “morales”, no hacía más que conservar el status quo, dándole a Uruguay el aval para seguir fabricando pasta celulosa sobre el río Uruguay. Y es que, teniendo en cuenta que Botnia representa la mayor inversión extranjera directa en la historia uruguaya, algo así como el 3% de su producto bruto nacional, y que tres años atrás el mismo Tribunal había fallado en favor de Uruguay para iniciar la construcción de la pastera, hubiese sido mucho más que aventurado por parte de los jueces resolver a favor de la Argentina una cuestión que, además, no contaba con las pruebas necesarias para ello.
Más que sacar conclusiones posteriores al fallo y evaluar los resultados de la acción exterior argentina en lo que a este tema se refiere, lo relevante sería establecer si, en todo caso, la suerte de nuestro país en el litigio no se remonta a los orígenes mismos de este. Porque, de nada sirve plantear una victoria, derrota o empate diplomático post La Haya cuando, durante siete años, los mandatarios de ambos países no pudieron establecer una agenda de negociación bilateral que resolviera por otros canales el conflicto. Máxime, teniendo en cuenta que el fallo es claro a la hora de señalar que es menester que ambos países retomen el diálogo y el trabajo conjunto en vías a la preservación del Río Uruguay.
Quedará como tarea en el corto plazo reestablecer las relaciones argentino-uruguayas, tensionadas no solo por la instalación de la pastera, sino también por el corte desde hace más de tres años de uno de los pasos terrestres que une a la Argentina con el Uruguay, a la altura de la localidad entrerriana de Gualeguaychú. En efecto, si bien siete de cada diez argentinos están a favor de levantar el corte realizado por los asambleístas gualeguaychenses, estos han manifestado su intención de redoblar las medidas de lucha hasta no lograr la relocalización de la pastera. Lo cual se convertirá en un duro dolor de cabeza para la administración Fernández de Kirchner si es que quiere reafianzar los vínculos con el hermano país.
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