miércoles, 29 de septiembre de 2010

Elecciones en Brasil: el legado de Lula


Alguna vez Bersuit Vergarabat se refirió al “Che” Guevara como un muerto que no paraba de nacer, una cara que estaba en todas las remeras. Fetiche o no de la humanidad, los muertos han sido a lo largo de la historia objeto de veneración por lo realizado en vida. La música, el deporte, la política y cualquiera de las disciplinas que analicemos cuentan en sus filas con innumerables ejemplos de estos seres que parecieran adquirir cualidades sobrenaturales después de muertos, difíciles de mensurar y mucho menos de equiparar en el mundo terrenal. La política es quizás el terreno más propicio para este tipo de culto postmortem, que las sociedades les brindan a sus figuras o líderes una vez que han partido hacia el otro mundo. Es por ello que analizar el caso de Luiz Inacio Lula da Silva, próximo a finalizar su segundo mandato al frente de la República Federativa del Brasil, se transforma en un trastorno para cualquiera que desee aplicar la regla anteriormente mencionada. Primero y principal porque, lejos de estar muerto, Lula se encuentra en el cénit de su carrera política, dejando la primera magistratura del gigante sudamericano con índices de popularidad cercanos al 80%. Times, Le Monde y El País son solo algunos de los periódicos y revistas que a lo largo del último año lo han catapultado como la figura del año, el político más influyente y otros tantos rótulos extravagantes. El mismísimo presidente de los Estados Unidos lo definió, hace no más de un año, como el político más popular de la tierra.
En segundo lugar, al vislumbrar que, contra la lógica general de la política y las campañas electorales, Lula ha logrado generar un consenso tal en cuanto a sus políticas de Gobierno, que ni el más acérrimo opositor se ha atrevido ha enunciar la palabra “cambio” como uno de los ejes rectores de su programa de gobierno. A ello tal vez se refieran quienes han despotricado contra la banalidad y lo aburrido de la campaña, totalmente desideologizada y centrada principalmente en la biografía de los candidatos.
Tercero, ha logrado en cuestión de meses que una perfecta desconocida como Dilma Rousseff, una técnica de pasado trotskysta y guerrillero pero de reciente filiación al PT, sea aceptada en el seno de la organización como candidata presidencial y aventaje al rival más próximo por más de 20 puntos. Tres datos no menores a la hora de empezar a entender la veneración en vida de Lula, sobre todo por la clase política global. Si a ello se le agrega que en plena campaña se estrena una película llamada “Lula, el hijo de Brasil”, algún desprevenido podrá pensar con total justeza que estamos frente a un Estado despótico de Oriente Próximo, y no hablando del vecino país.
Contra lo que se podría esperar, Lula no es abogado. Tampoco es médico. No ha realizado ningún posgrado en prestigiosas universidades anglosajonas, como sí lo ha hecho, en general, la mayoría de la élite política brasilera. De hecho Lula nunca fue a la Universidad. “Eu, que durante tantas vezes fui acusado de não ter um diploma superior, ganho o meu primeiro diploma, o diploma de presidente da República do meu país, dijo entre llantos cuando asumió la Presidencia. En rigor de verdad, el curriculum vitae de este pernambucano de nacimiento, de 65 años de edad, dice que es tornero. Sí, un “simple” operario fabril; curtido al calor de las luchas sindicales contra la dictadura militar, y que en los años ‘80 logró articular al sindicalismo espontáneo paulista, un puñado de intelectuales y organizaciones sociales y políticas de la izquierda para fundar el partido que desde hace 8 años, y casi con seguridad por cuatro más, conduce los destinos de casi doscientos millones de brasileros.
Cuando a diestra y siniestra se le endilga a Lula que sus dos mandatos no han hecho más que reajustar algunas piezas del modelo económico implementado años antes por Fernando Henrique Cardozo, no hay más que rendirse ante la evidencia. Quizás por ello gran parte de la burguesía paulista no ha puesto mayores reparos en la continuidad del PT al frente del Ejecutivo. Y, de hecho, basta señalar que los miles de millones de dólares que Brasil adeudaba a los organismos multilaterales de crédito, fueron financiados por acreedores nacionales a través de la compra de títulos de la deuda brasilera, a tasas exorbitantes.
Cuando se acusa al partido gobernante de corrupto, fundamentalmente desde el centroderechista PSDB y el poderoso lobby mediático, no pueden obviarse los escándalos que han salpicado al primer gabinete de Lula en lo sucesos conocidos como “Mensalao”-pago mensual de sobornos a parlamentarios-, que amenazaron con llevarse puesto al propio presidente y, más recientemente, los que derivaron en la renuncia de su sucesora de Dilma en el Gabinete Civil por una acusación de tráfico de influencias.
Acaso los que acusan con tal determinación son los mismos que obvian decir que en casi ocho años de gobierno Lula logró que veinte millones de compatriotas salieran de la pobreza. Que a través del programa Fome Zero –hambre cero- la malnutrición descendiera un 46 %, e incluso a cifras cercanas al 74% en el nordeste pobre e históricamente desplazado. Quizás obvien decir que los ingresos del 10% más pobre han crecido en ocho años casi 6 veces más que el 10 % más rico (8% anual contra 1,5%). O tal vez no hayan caído en la cuenta de que, a lo largo de los dos períodos petistas, las clases medias inferiores –cuyos salarios oscilan entre los 550 y los 2400 dólares- hayan pasado del 37% a más de la mitad de la población total. Claro, ello sin contar que la escolarización promedio pasó de 6,1 a 8,3 años en poco más de 10 años y que el programa ProUni brinda apoyo a los estudiantes pobres para asistir a la Universidad. Ni qué decir de la creación de 14 millones de nuevos puestos de trabajo y el aumento del salario real de los trabajadores en más de un 50% en 8 años.
Algunos dicen que Lula tiene suerte. Que, lejos de ser un estadista, ha caído en gracia en el período de mayor crecimiento económico de la historia brasilera y hasta le llueven campos de petróleo. No parecieran justificar esos dichos el posicionamiento que Brasil ha adquirido en el mundo a lo largo de la gestión Lula, con un alto perfil en materia diplomática que lo ha llevado a ocupar un rol preponderante no solo en los más importantes foros económicos y políticos que se realizan anualmente, sino a inmiscuirse como país mediador en asuntos que antes eran materia exclusiva de las grandes potencias –conflicto Palestino-Israelí, Irán, etc.
Con los más y con los menos, con los grandes temas que han quedado pendientes, es indudable que la elección del próximo domingo constituirá la ratificación y el apoyo de un pueblo a un líder que ha sabido ganarse el respeto y la gratitud en vida. No por hacer de su país la octava economía del mundo, por haber logrado la realización de los próximos dos eventos deportivos más importantes del planeta, o por posicionar a Brasil en el nuevo mapa político mundial. Ni siquiera, por haber equilibrado las principales variables macroeconómicas y sociales. Será, sin duda alguna, la ratificación de un proyecto político que dignificó la calidad de vida de millones de brasileros, haciendo de aquél país un lugar un poco más próspero y justo, en donde la esperanza y la expectativa de un futuro mejor estén a la orden del día.

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