lunes, 27 de septiembre de 2010

La victoria ¿pírrica? de Chávez


Ganó Chávez. Perdió Chávez. Dime a quién lees y te diré el resultado. En unos comicios históricos marcados por una activa participación cívica que trepó a las dos terceras partes de los venezolanos en condiciones de votar, el caudillo caribeño se impuso en 17 de los 24 estados del país, logrando así colocar 95 de las 165 diputaciones en juego. En una elección de tintes fuertemente plebiscitarios –como todas lo han sido a lo largo de la era Chávez-, marcada por una aguda polarización y por la vuelta al juego electoral de la oposición, el mandatario venezolano logró, pese a no haberse alzado cuantitativamente en términos de votos obtenidos, casi duplicar el número de representantes a la Asamblea General, merced a una controvertida ley electoral que sobrerepresenta a los estados más pequeños en detrimento de los más densamente poblados, justo allí donde Chávez carece de elevados índices de popularidad.
A pesar de numerosos análisis que han hecho hincapié en lo pírrico de la victoria del PSUV, teniendo en cuenta que, más allá de la mayoría obtenida, el oficialismo no podrá gobernar de aquí en más de manera antojadiza, como sí lo había hecho en los últimos años producto de la política abstencionista de la oposición en las parlamentarias de 2005, el resultado electoral da cuenta de un apoyo, cuanto menos a la figura de Chávez, que oscila en torno al 50% del electorado. Con lo cual deben ser mesuradas aquellas interpretaciones que vislumbran en la pérdida de la mayoría calificada del partido gobernante, y en la imposibilidad de gobernar por medio de las llamadas “leyes habilitantes” –decretos, en rigor de verdad-, un camino en pendiente descendente de cara a los comicios presidenciales de 2012 para el líder socialista.
Debe manifestarse, en sintonía con lo anteriormente expuesto, que pese a las alarmantes cifras inflacionarias y los informes que dan cuenta de los constantes hechos de inseguridad -y ubican a Venezuela al nivel de Afganistán o Guinea Ecuatorial-, la unión de más de treinta partidos y organizaciones políticas opositores al régimen, bajo el nombre de Mesa de Unidad Democrática, no ha logrado articular una propuesta de gobierno superadora, plausible de ser aceptada por ese amplio espectro de venezolanos que siguen apostando a la figura del comandante socialista. Qué decir, por su parte, del mismísimo Hugo Chávez Frías quien, luego de once años consecutivos de gobierno, con intentos de golpe de Estado en su contra, lobbies internos y externos que auspician su inminente caída, una estirpe revolucionaria que no ha hecho más que agudizar las tensiones de clase al interior de la sociedad y el desgaste propio de más de una década en el poder, no solo se impone por onceava vez sobre doce procesos electorales desde su estadía en el ejecutivo, sino que se erige como el principal aspirante al Palacio de Miraflores para las presidenciales de 2012.
Así las cosas, los casi festivos informes presentados desde la CNN en el día de ayer en torno al final de la hegemonía chavista, deberán ser tamizados a la luz de las potencialidades reales del incógnito devenir de la Mesa de Unidad Democrática y de la posible relegitimación de Chávez en sectores ahora esquivos. Al fin y al cabo, el llamado Socialismo del siglo XXI en Venezuela, solo debería enfocarse en cosechar, a lo largo de los dos años que nos separan de las presidenciales, los algo más de dos puntos porcentuales que lo distancian de lo que estipula la Constitución Bolivariana para hacerse con un nuevo mandato presidencial.

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